Mis pasos son lentos. Lo sé. Pero me acompañan los sueños, los creados con cimientos de intenciones. Si bien, el desaliento (la mueca) apareciera con el propósito de frenar mi ritmo, lo ignoraré y continuaré. Así pues, pese a no saber donde está la meta, miraré hacia el horizonte para proseguir mi rumbo: la vida.

domingo, 19 de febrero de 2017

Amasijo de historias, paranoias y otras tantas chifladuras conforman mi espacio interior, que no es poco, oye. La última. Mis plantillas. Cuando tomé conciencia de que ellas estaban ahí para que yo fuera Cande y no un despojo, me estremecí. Tremendo, porque llevan conmigo siete espléndidos años. No somos nadie y somos todo, lo que lo separa: unas plantillas.

(Me he hecho otro par por si el destino sea juguetón y me prive de ser normal ante los demás)

domingo, 12 de febrero de 2017

Roberta siempre tiene cara de puta. Hagas lo que hagas te pareces a ella
De chica le repetía una y otra vez que se parecía a Rogelia.
¿Pero era puta?
No.
Entonces ¿por qué ella cargó con eso?
Le fastidió la vida.  Evitaba mirar a los hombres. Procuraba no llamar la atención.
Fue el tiempo que todo lo envejece y lo arruga para comprender y quizás perdonar a esa cabecita.

sábado, 4 de febrero de 2017

Mi madre ya tiene 87 años, son años. El caso que siempre que hablo con ella busco temas nuevos para poder charlar y entretenerla, no es fácil a veces encontrar para agradarla; me esfuerzo. Hoy en la ruta por caminos de Anaga entre amigos y berodes, subidas y bajadas terminamos en el inicio, Cruz del Carmen. Así que, mientras nos dirigíamos al coche me veo éste monumento en un lado de la Ermita y bien visible. No lo había visto antes, debe ser reciente, me dije y me acerqué para leer
-- ¿Homenaje a los antiguos carteros de Anaga? comento mientras le hice la foto.

Era el motivo perfecto para la nueva charla con Magdalena, mi madre. Su abuelo y su padre, es decir, mi bisabuelo y mi abuelo fueron carteros de Anaga. Qué contenta se va a poner cuando vea esa consideración al trabajo de aquellos hombres que ella tan orgullosa siempre recuerda y yo enseñarle la fotografía, también contenta.

viernes, 27 de enero de 2017

Lleva cinco años separada y había conseguido el equilibrio de los espacios y de los silencios. A sus cuarenta y nueve años nunca pensó que girasen vertiginosamente hacía un abismo tan desconocido como imprevisible. Ella que siempre predecible, nada se le escapaba de las manos porque todo estaba lazado, menos los pasos ajenos. Esos que irrumpen desmembrándolo todo, con carmín y rímel, con tacones y balanceos. Fueron cinco largos años de aprendizaje de perfecta mujer en un túnel opaco, sin brillo. La solución vino después. La fantástica agenda de color amarillo gritón que un amigo invisible regaló aquella nefasta navidad. Estaba llena de mariposas y su aspecto era tan ridículo e infantil que lo primero que se le pasó por la cabeza era regalarla a la primera niña que se le cruzara en el camino. Pero no lo hizo, la dejó reposando un tiempo en una estantería de la librería. Tampoco afeaba tanto aquel colorido alborotado, pensaba. Si bien el sencillo obsequio olvidado, albergaría más adelante un poder inusitado. Mientras, disfrutaba de los huecos de su día a día, esos senderos de soledades impuesto por sorpresa que ahogaban en un principio, fueron llenándose con aquella libretita absurda que marcaba las jornadas secas de alegría. Poco a poco se transformaron en datos, en citas y avisos de diferentes tonalidades. La lista de actividades tan cotidianas como ir al súper o visitar la librería para comparar aquel libro recomendado que escuchó en la radio, una de tantas solitarias tardes.  Incluso, las citas del médico cobraban interés anotadas en aquellas hojas coloreadas. Después, fue llenando los renglones de actos y pequeños compromisos y fue comprobando que los días se cubrían de movimientos, aleteaban como aquellas mariposas a nuevos mundos olvidados. Ya no era la lista de la compra o la cita del ginecólogo lo que confortaba, era las siguientes agendas las que ocuparon las páginas, albergando nada más y nada menos que la propia vida.

sábado, 21 de enero de 2017

-          UN DIALOGO CUALQUIERA EN UN DÍA CUALQUIERA
- -        - ¡Hola! Cuánto tiempo- dijo con admiración aparente.
-         - Hola muchacha ¿Qué pasó? - respondí con alegría.
-          -Nada, todo bien – replicó.
-        -  ¿Qué tal la familia y el trabajo?- le dije con mi sonrisa, sonrisita.
-          Bien, bien – exclamó – La familia ya bien, después que me diste esa referencia del médico naturista. El curro mucho mejor, un acierto ese consejo de ir a lo mío me vino muy bien y qué decir del restaurante que me enviaste por WhatsApp para la cena sorpresa, todo un éxito. Además, mis padres están contentos con el hotel que conocías, quedaron muy satisfechos.
-         - Me alegro mucho mi niña – le comenté.
-          -Bueno, te dejo que tengo prisa, nos vemos en otro momento para un café ¿Vale? - concluyó y después de dos besos se alejó con paso ligero.

Y me quedé pensado. <<No me preguntó por mi novio, ni por mi familia, ni curro, ni mis proyectos. ¿No le interesa? Bah, seguro que se despistó, que mal pensada soy>>.

miércoles, 18 de enero de 2017

Mientras tomo mi rutinario, pero no por ello menos exquisito cortado de leche condensada, justo en mi descanso del trabajo. Mi mano remueve con ceremonia la cucharilla, dando vueltas en círculos con el clic clic. Al mismo tiempo miro a mi derecha y veo a una señora algo entrada en edad, pero bien conservada y, además, de buen ver. Pienso para mis adentros si llegaré a tener ese aspecto saludable cuando sea (más) mayor y sonrío. Ella, con una elegancia de cuna, porque eso se nace, pasa las hojas de la prensa sin prisa, cosa que envidio, y me digo, a más edad menos prisa. Entonces me dispongo a tomarme calentito mi cortadito y continúo fisgoneando a la señora. La barra solo la ocupamos ella y yo, nos separan tan solo tres asientos, los demás clientes de la cafetería están repartidos por las mesas y nos acompaña el murmullo habitual de esas horas de la mañana. Me doy cuenta, en mi curiosidad que posa su mirada con extremo interés en una de las páginas y me alongo discretamente para ver qué le ha despertado tamaño interés. ¡Las esquelas! exclamo con grito, pero en mi mente. Toda llena de cruces y fotografías de los difuntos. Supongo que en busca de algún conocido. Me recompongo en el taburete y abandono a la mujer en su búsqueda y termino el sorbito delicioso que aún me queda.  Si bien, esa escena me hizo recordar aquella extraña costumbre de adolescente. La de mirar las páginas funerarias de los fallecidos, sus edades, y todo dato que por aquel entonces el huroneo me cautivaba. Esa época rara mía que ahora memorizo y me digo. Qué siniestra. Y me invade la duda de si albergo algo aún de esa funesta chifladura.

(río a carcajada).

sábado, 14 de enero de 2017

Se me ocurrió, como me pasa desde hace un tiempo para acá, observar palabras que me resultan, vamos a decir interesantes. Y tropiezo con: amistad. Tremenda ¿verdad? Tengo que decirlo, la he tenido como estandarte invisible, claro, pero primordial durante mucho tiempo por no decir siempre.
AMISTAD: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. Dice RAE.
Mientras investigo su verdadero significado me viene a la memoria (de vez en cuando funciona) aquél medio amigo medio novio que me decía con la boca llena que no tenía amigos. Yo me eché las manos a la cabeza cuando le escuché. ¿Cómo puede estar sin amigos? Por aquél entonces yo tenía tropecientos amigos, recibía tropecientas llamadas, me daban tropecientos saludos y que decir de las visitas…
Pero como el otoño, ocurrió que fueron cayendo como hojas del árbol. Quizás fue el viento o ya marchitas. Yo qué sé, pero los tropecientos fueron menguando. Supongo que el cambio climático tendrá algo que ver también, ya sabes, los cambios.
El caso es que ahora sentada, mirando las letras, las palabras, las frases continúo mi camino, como siempre. Pero lo peor de todo es darle la razón a mi apreciado medio amigo medio novio de hace tropecientos años cuando me dijo:
-          Son conocidos que van y vienen Señora Cande.

Y yo, evidentemente también soy hoja marchita de otros árboles.