Cada vez que nos cruzábamos en la oficina, bien en el pasillo
o en la fotocopiadora, daba igual el lugar, Jose mi compañero, mascullaba esa
pequeña afirmación. Cuando lo escuchaba y se dirigía a mí con esa singular
frase, me producía inesperadamente una leve sonrisa de incredulidad o, mejor
dicho, recelo.
Lo cierto es que me sonaban arrinconadas y lejanas, no porque
él las dijera, ni tampoco por ser de una estatura elevada y eso le provocara exclamar
desde lo alto con perfilada resonancia. En
realidad, es que no soy buena persona, soy lo que se dice una bruja mala, como
el colesterol LDL, que está y obstruyen las autopistas del corazón, de la
cabeza, de nuestro interior, pero siempre está con nosotros.
Las brujas malas, yo, se acomodan con la buena gente y como
tienen magia, se disfrazan de encantadoras. Claro, a veces el cansancio se asoma
y se ve un poco, a mí, pero sólo, poquito ruin que soy, pero afortunadamente
los amigos no lo tienen en cuenta, en cambio otros, me borran del mapa estelar,
pero como soy mala, no me importa.
Jose me lo dijo hoy otra vez. Eres buena persona, y le sonrío,
porque de tantas veces que lo ha dicho, casi me lo estoy creyendo, claro que no
sólo a mí me regala ese alago, también se lo dice a las otras chicas.
Me rio, ahora me rio, con carcajadas grandes y satisfecha
cuando me viene a la memoria una frase elocuente.
Una mentira repetida mil veces, se convierte en verdad.
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